Tanto si eres de los que consumen noticias del corazón como si no, seguramente habrás oído estos días que existe un auténtico misterio y secretismo alrededor de la actual princesa de Gales. Tras pasar por quirófano a mediados de enero, casi en el mismo momento en el que lo hizo su suegro, la princesa de Gales no ha vuelto a aparecer en público ni ha habido pronunciamientos oficiales sobre su estado de salud.  

Algo parecido a pasado con el rey Carlos III del que, tras conocerse su diagnóstico de cáncer y su retirada temporal de la vida pública para someterse a tratamiento, no ha habido actualización ni, tan siquiera, una información detallada del alcance de su enfermedad o del tipo de cáncer que padece. Paralelamente, la reina Camila, que asumió las labores de representación de la Corona durante la enfermedad y tratamiento de su marido, se ha tomado unos días de vacaciones ausentándose incluso de Reino Unido. ¿Hay alguien al mando? 

La monarquía británica es una de las instituciones más antiguas de Reino Unido. Sus tradiciones y ceremonias han dado forma a la identidad británica a lo largo de los siglos: no hay más que ver cómo se vuelca el pueblo en determinadas fechas clave como el funeral de la reina Isabel, la coronación del rey Carlos, o el Tropping the Colour, ceremonia que celebra el cumpleaños del monarca reinante. Entre la sociedad británica y su corona existe una profunda relación. Hasta el punto de que, lo que afecta a la Corona, afecta e impacta en la sociedad británica en forma de experiencia psicológica compartida. Esto es algo que sucede por una cuestión puramente sistémica: salvando las distancias, la Monarquía es a la sociedad británica, lo que los padres son a los hijos; o lo que es lo mismo, dentro del sistema de la sociedad británica, se encuentra el sistema de la monarquía británica, que desempeña un cierto papel jerárquico (más simbólico que otra cosa), de faro o brújula. 

Pero claro, un sistema es un conjunto de individuos entre los cuales existe una relación y una comunicación que tiene sentido y, si hay algo que define precisamente el momento que se está viviendo en la relación británicos-monarquía, es precisamente el silencio (o la falta de relación) en torno a asuntos que pueden ser especialmente claves, inquietantes e incluso traumáticos para ellos, como pudiera ser el estado de salud de un rey recién coronado, o de la mujer del futuro rey; a lo que hay que añadir la retahíla de temas abiertos que tiene pendientes: Harry y Meghan, el temazo de Andrés (el duque de York) y la supuesta crisis matrimonial del heredero. 

El silencio en el caso de la familia real británica es una norma establecida. Hay una frase que, supuestamente, se atribuye a la Reina Madre y que lo resume a la perfección: “Nunca te quejes, nunca expliques”. Este silencio que, en origen, parecía estar destinado a preservar la dignidad institucional y a protegerse del cuestionamiento público; puede ser útil ante ciertas controversias relacionadas con la vida privada y sentimental de las personas. Pero en un caso como este en el que, además estamos hablando de la salud de la cabeza visible de la institución y de una persona querida por la sociedad, en mi opinión, puede ser hasta contraproducente teniendo en cuenta el vínculo emocional que existe entre británicos y monarquía. 

Entiendo que la salud de una persona es un tema privado, pero en este caso estamos hablando de la salud del Rey, en cuyo caso creo que adquiere una cuestión de estado: entiendo que el pueblo británico quiera o necesite saber acerca de ello. Más aún, teniendo en cuenta que existe un vínculo emocional para una parte importante de la sociedad.

El silencio y la ausencia de comunicación e información clara en estos momentos críticos pueden generar incertidumbre, incluso ansiedad en la sociedad y dudas acerca del futuro de la propia institución. Esta ausencia de comunicación, al mismo tiempo, facilita la propagación de rumores: se habla de infidelidades, crisis matrimonial, enfermedad mental, fallecimiento; rumores que generan aún más confusión entre los súbditos de la Corona. Emocionalmente se produce, también, una desconexión. Una sensación de no somos tenidos en cuenta, no somos importantes para ellos; dando lugar a una distancia emocional entre la institución y la sociedad que puede afectar a los índices de popularidad y aceptación tanto de los miembros de la familia real como de la corona en sí.  

La falta de comunicación erosiona la confianza e incluso puede interpretarse como una señal de incompetencia, de falta de dirección, de caos, de falta de recursos o de estrategia para afrontar la situación que está viviendo la institución en estos momentos. Algo que, junto a lo mencionado anteriormente, puede erosionar la reputación de la monarquía a largo plazo. 

Al mismo tiempo, me atrevería a decir que, para la sociedad británica, puede derivar en una experiencia compartida con un cierto grado de trauma. De hecho, el silencio es una respuesta habitual al trauma y me da la impresión de que parte del silencio que impregna la falta de comunicación por parte de la familia real, quizás, tenga que ver con asuntos especialmente difíciles o dolorosos que pueden ser incluso complicados de nombrar y compartir con otros. Ese mismo silencio puede impactar en la sociedad, igual que el silencio de unos padres impacta en los hijos.  Lo que sí tengo claro es que el silencio y la falta de comunicación te aísla, te distancia y te desconecta emocionalmente de los otros; e igual que esto sucede entre las personas, también sucede entre los sistemas y, en este caso, entre sociedad británica y monarquía.  Y, por qué no decirlo, también sucede en el ámbito organizacional.

El silencio y la falta de comunicación en la cultura empresarial, especialmente durante momentos de crisis, puede ser una estrategia, una costumbre y también un síntoma, pero sea cual sea el caso siempre tiene sus implicaciones y consecuencias.