Siempre he creído en la bondad de la tecnología, igual que siempre creí que internet era una vía que podría democratizar y universalizar el acceso al conocimiento. Sigo creyendo que la tecnología es maravillosa, pero lo que veo y sospecho desde hace tiempo es que, quizás, el uso de la tecnología no esté contribuyendo positivamente al beneficio de todos, de la humanidad y del planeta, aunque muchos todavía no lo quieran ver y solo canten loas y alabanzas. La brecha digital siempre ha existido y crea enormes desigualdades. Llámame pesimista si quieres.

El otro día leía un artículo, recomendado por una amiga, en el que se promulgaba que los profesionales no debían temer a la inteligencia artificial. Yo no temo a la inteligencia artificial, pero sí temo aquello en lo que puede derivar, si no empezamos a mirar todo esto del uso de la IA desde una perspectiva sistémica, que nos permita contemplar su impacto más allá de nuestro propio ombligo. Algo que, por cierto, Sam Altman también cree.

Puede que para un grupo determinado de profesionales, la IA sea fantástica, porque les va a permitir automatizar tareas, maximizar resultados, mejorar en eficiencia, acelerar los procesos de innovación y testeo, etc.; pero hay otro grupo importante de profesionales que lo van a tener bien jodido porque van a perder su empleo. A este segundo grupo, algunos profesionales expertos y privilegiados les recomiendan formarse, reciclarse, desarrollar ‘soft skills’ y habilidades de comunicación, entre otras cosas. Pero mi pregunta es: ¿realmente va a tener todo el mundo los recursos económicos y el tiempo necesario para poder formarse? ¿Realmente va a haber tantos empleos nuevos generados para servir a la IA que puedan proporcionar un empleo de calidad a todos los que lo necesitan?.

No puedo evitar pensar, por ejemplo, en ese grupo de hombres y mujeres maduros que se quedan en la calle por ese ERE de una teleco o un banco. Personas que tienen hijos, una hipoteca que pagar con un EURIBOR que seguramente les habrá subido la cuota y que, además pierden un cierto sentido del propósito asociado a su trabajo (hello, boomers)… ¿Van a poder tener posibilidades y tiempo para reciclarse si hay una necesidad inmediata de volver a generar ingresos para contribuir al mantenimiento de la familia y al pago de la hipoteca?

Seguramente, alguno de los «expertos», o la propia IA, les sugiera que pueden hacerse coaches, mentores o consultores. Si has sido un prestigioso directivo, tal vez tengas posibilidades, puede que te retires con una suculenta indemnización o que tengas ahorros, inversiones, propiedades; pero yo pienso en Mariano, ese señor que está en la caja del banco de mi madre, o en ese mando medio que gestiona un equipo de jóvenes, que ahora sustituirán por una aplicación basada en IA. O en esos agentes de vigilancia forestal de mediana edad, que sustituirán por sensores térmicos, software y algunos drones. Algo que me parecería fantástico si eso fuera eficiente para luchar contra los incendios. Pero, ¿qué pasa con todos ellos? «Daños colaterales», creo que se llaman.

El trauma colectivo de la IA

Lo que realmente me preocupa de esto es que no estamos siendo capaces de ver, o no queremos ver, que es muy posible que un número muy elevado de personas, que van a ser sustituidas por IA y tecnología, se van a quedar sin trabajo y van a entrar, directamente y de cabeza, en «modo supervivencia».

A menos que empecemos a ver todo esto desde una perspectiva más sistémica, estamos abocando a un grupo poblacional y generacional a experimentar un trauma colectivo. No hablo de un ‘holocausto’ propiamente dicho, pero sí de un grupo muy grande de personas que van a experimentar los efectos de un trauma financiero, que, a su vez, va a impactar al resto de la sociedad.

fuente: Wikipedia

Si traemos a colación, por ejemplo, la pirámide de Maslow, una de las cosas que va a suceder con esas personas que pierden su empleo, y que no tienen dinero, ni tiempo, ni posibilidades como para reciclarse, adaptarse y coger la ola de la era de la IA, es que van a empezar a moverse hacia el primer y segundo nivel de la pirámide: niveles relacionados con la supervivencia y seguridad. Sus prioridades van a ser atender sus necesidades más básicas: tener para comer, tener un techo y estar medianamente sanos, y eso, hoy en día, no está garantizado si no tienes medios para generar ingresos. Es posible que todas estas personas y aquellas que dependen de ellas, se vean expuestos a un trauma financiero con todo lo que ello implica a nivel psicológico, fisiológico y emocional. 

Cuando nuestra seguridad y supervivencia peligra, nuestro sistema nervioso va a responder de manera automática. Biológicamente, si realmente la situación supera nuestros mecanismos de afrontamiento y se activan nuestros mecanismos de defensa, lucha o huida, es posible que nuestro córtex prefrontal, responsable del pensamiento racional y de la toma de decisiones, se inhiba y que priorice las respuestas rápidas y emocionales por encima del razonamiento lento y analítico. Como consecuencia de ello, es posible, también, que perdamos nuestra capacidad de pensar, actuar lógicamente e incluso planificar. Esto explica las dificultades de aprendizaje de niños y adultos expuestos a vivencias traumáticas y en modo supervivencia.

Una persona que está experimentando una situación traumática, y cuyo sistema nervioso siente que está en peligro, no es que no quiera estudiar, aprender, esforzarse para prosperar, desarrollar nuevas habilidades, proyectarse a futuro y hacer planes a largo plazo; es que simplemente, a veces, no puede. Su sistema nervioso está tan comprometido con salir del modo supervivencia que no tiene recursos para hacer algo diferente que no sea eso.

Adicionalmente, el cortisol, hormona que modula varios sistemas de nuestro cuerpo en respuesta al estrés, estará por las nubes, pudiendo comprometer, entre otras cosas, el funcionamiento de nuestro hipocampo. El hipocampo juega un papel fundamental en la formación de recuerdos, la memoria y la diferenciación entre pasado y presente. Mientras estamos en ese modo de supervivencia, nuestros recursos se destinarán a salir de ese modo: generar ingresos lo antes posible, sea como sea.

Para formarnos, desarrollar nuevas capacidades y habilidades, tener una visión a medio y largo plazo, vamos a tener que salir primero de ese modo de supervivencia. Pero, ¿cómo vas a hacerlo si lo que has venido haciendo hasta ahora para generar ingresos y sobrevivir lo hace un software o una máquina? ¿Cómo, si el número de personas que compite por un trabajo que solo van a poder desempeñar los humanos, va en aumento y cada vez hay más competencia? ¿Cómo, si para acceder a otros puestos de trabajo tienes que invertir tiempo y dinero en formarte y no dispones ni de una cosa ni de otra porque tu prioridad es generar ingresos? ¿Cómo, si los elevados niveles de estrés mantenido que experimenta tu organismo te van empujando hacia la depresión, los problemas de sueño, problemas de salud, etc.? ¿Cómo?

Otra de las consecuencias de que tantas personas caigan en ese primer y segundo nivel de la pirámide de Maslow, relacionado con la mera supervivencia, es que esto va a suponer un aumento importante de la desigualdad entre las personas: un sector poblacional con grandes ingresos y otro sector poblacional, muy amplio, con pocos o ningún ingreso.

Cuando tu supervivencia está en peligro, puedes hacer cosas tremendas para sobrevivir, incluso delinquir. Aumentará la criminalidad, la inestabilidad social y la marginalidad. Un importante número de personas van a sentirse excluidas, olvidadas, no tenidas en cuenta; y eso es dolorosísimo, descorazonador. Sentirse abandonado es un auténtico desamor y no es que sea catastrofista, es que la historia así nos lo ha venido demostrando.

El número de personas que viven en pobreza o en riesgo de pobreza va a aumentar con el consiguiente impacto en la economía: menos personas con dinero, menos consumo. Además, esto va unido a problemas de salud física y mental, mayor mortalidad y morbilidad, etc..

Pero claro, todo eso no lo vemos o no lo queremos ver porque estamos en el cortoplacismo. Viendo cómo podemos sacarle el máximo partido a la Inteligencia Artificial, cómo las empresas pueden reducir costes (salariales, mayoritariamente) para maximizar beneficios.

El mes pasado, la UE aprobó la primera ley que regula la inteligencia artificial y que califica los sistemas de IA en diferentes niveles de riesgo. Somete a cierta vigilancia el empleo de esta tecnología para algunos aspectos que pueden poner en peligro nuestra privacidad, la igualdad de derechos y además dice que prohíbe el uso de IA si esta puede causar daños psicológicos graves. Yo me pregunto: ¿no es un daño psicológico grave quedarte sin ingresos ni posibilidades? ¿No es un daño psicológico grave quedarte en la calle por no poder pagar una hipoteca? ¿No es un daño psicológico grave ser víctima de un crimen fruto del aumento de la criminalidad por culpa del aumento de la desigualdad? ¿No es un daño psicológico grave el que genera el sentirse profundamente excluido y sin posibilidades? ¿No es un daño psicológico grave los problemas y la desconexión emocional que están experimentando muchísimas personas fruto de su enganche a ciertas redes sociales?

Hacen falta leyes, por supuesto que sí, pero por encima de todo lo que hace falta realmente es un cambio de conciencia.

Hacen falta leyes, por supuesto que sí, pero por encima de todo lo que hace falta realmente es un cambio de conciencia, más pensar en las consecuencias de esta era de la IA a nivel sistémico, ponernos en los zapatos de las personas, pensar en las familias de esas personas, en la sociedad que queremos para todos y para nuestros hijos. Aquí ya no meto el planeta porque, para qué voy a hablar del consumo desaforado de recursos naturales que me suenan a muy poco sostenibles.

Por eso creo que es fundamental que empecemos a conocer más acerca de la mirada y el pensamiento sistémico en el ámbito organizacional y especialmente en todo aquello relacionado con el uso de la inteligencia artificial y la tecnología.

No se trata de negar el progreso, de prohibirlo, de poner puertas al campo; sino de abrazarlo con una mirada sistémica más amplia que nos permita contemplar las consecuencias de su aplicación más allá de nosotros mismos y la organización.

Porque aquí, el efecto mariposa existe igual que ha existido el efecto mariposa de esa bendita revolución industrial que comenzó allá por el 1750 y que ha derivado en lo que hoy llamamos «cambio climático».